Pensé que no lo leería jamás. Creí que ganaría la pereza. Ufff, son casi mil páginas...
Algunas de las autoescusas que me planteé a mi mismo antes de empezar el novelón, con su friolera de novecientas treinta y siete páginas. (Mijra que soy imbécil, ponerme "autoescusas...")
Pues bien, he llegado en menos de una semana y pocas, poquísimas horas a la seiscientas veintidós. Ahora no eran autoescusas, era LA PREGUNTA... ¿¿que narices tiene ese libro??
Y es que de mayor yo quiero ser como la escritora, Susanna Clarke, porque se mete un cacho libraco tamaño catedral, con su mini-historia, sus notas al pie, sus personajes (que abundan los bien caracterizados, es decir, todos), y su larguísimo etcétera, y engancha más que la droga.
Yo creo que de pequeña hacía puzzles, y eso se nota, muchas y diversas pero entrelazadas historias, encadenadas pero a la vez iundependientes, se entrelazan formando fantásticas e imaginativas formas que parecen dibujadas por la voluntad de un gran mago o el caprichoso dedo de un duende danzarín.
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sábado, 2 de agosto de 2008
viernes, 25 de julio de 2008
Cuarta parte (creo...)
Si en contráis errores es porque no tengo tiempo de corregir...
PARTE CUARTA: EL CABALLERO GRIS.
Y sin previo saludo, como mandan los rígidos protocolos de los Caballeros, el soldado Gris cargó levantando su espada, y como estaba lejos Limbeldun tuvo tiempo-aunque a duras penas-de desenvainar la suya propia, así que cuando el caballero le intento golpear detuvo su ataque, y el Gris atacó dos veces más, y las dos las detuvo el diestro Soberano. Y entonces le llegó el turno a éste y descargó sus tres mejores estocadas contra su oponente, pero este las detuvo haciendo gala de una increíble destreza, y el de Gris volvió a atacar por tres veces y por tres veces el Rey detuvo su espada, y el Rey atacó y de nuevo su ataque no produjo frutos, y así intercambiaron las secuencias de golpes demostrando una habilidad que cualquier caballero envidiaría tener. Pero al final y sin dar tiempo a alguno de los combatientes a imponerse el Gris entregó una enorme llave a Limbeldun y desapareció tras un impresionante temblor de tierra.
Y el Rey, con la llave, se acercó a examinar de cerca la enorme puerta. Era de madera de cedro, barnizada, y tenía adornos de galgos carmesíes tallados en metales preciosos, mastines de oro puro y perros pastores de plata fina. Sus cuerpos y extremidades eran largos y caprichosos, y se entrelazaban entre sí formando exquisitos y fantasiosos murales. En el centro, sostenido por dos cíclopes de cobre y platino, cuyos ojos eran perlas, sostenían una enorme cerradura. Limbeldun introdujo la llave que el Caballero Gris le había entregado, y esta coincidía perfectamente con la cerradura de los Cíclopes. Limbeldun la atravesó y continuó su camino, por el angosto y pedregoso sendero.
Más tarde halló otra explanada idéntica a las dos anteriores, con una puerta parecida y con el caballero de Gris esperándolo, espada en mano y capa ondeando al viento, amén del insípido escudo gris, en medio del área.
Esta vez fue Limbeldun quien cargó, llevando su espada con las dos manos, y golpeó al de Gris con una estocada en punta. Y cuál sería la sorpresa del Rey cuando el de Gris imitó con una precisión milimétrica su ataque, viniendo así a encontrarse las dos espadas. Entonces el Rey, esperando apabullar a su oponente y privarle del tiempo necesario para reaccionar amagó con su espada y lanzó un impresionante golpe de abajo a arriba. Y de abajo a arriba fue detenido su golpe. Entonces lo hizo de arriba abajo, y de arriba abajo el de Gris paró su estocada. El desesperado soberano intentó desde el más elemental de los golpes hasta la finta más sofisticada, y todo lo imitaba su oponente. Entonces Limbeldun tuvo una idea. Envainó su espada (por supuesto, el de Gris hizo lo mismo) y comenzó a mirar alrededor. A la segunda pasada encontró lo que buscaba: el de Gris, aguardando tranquilamente en un borde de la explanada. Limbeldun no lo había visto porque su color era exactamente igual al de las rocas de la explanada. Entonces el Rey sacó su espada y apuntó con ella al lejano caballero. Entonces este hizo un gesto a Limbeldun para que decapitara al misterioso doble de sí mismo. Dubitativo Limbeldun levantó su espada (esta vez el Otro no lo imitó, sino que se puso de rodillas y agachó la cabeza, cosa que convenció a Limbeldun para decapitarlo) y bajó su arma. Y de nuevo la sorpresa del soberano fue grande, pues al rodar la cabeza del Otro por el suelo el yelmo se deslizó de ella, dejando al descubierto unas facciones nobles, gloriosas y jóvenes adornadas con unos bucles de pelo dorado. Entonces el cadáver y el Gris desaparecieron repentinamente y en su lugar quedó una llave idéntica a la anterior.
La puerta era parecida a la anterior; pero los adornos eran muchos animales muy diversos, desde vacas y ovejas a unicornios y dragones, contemplando como un muchacho de plata mataba con alguna clase de hueso de animal a otro de oro, bajo la vigilante mirada de dos ángeles que montaban uno en una luna y otro en un sol, que sostenían un enorme ojo con un rubí en le centro, rodeado de zafiros y con acabados en algún tipo de marfil. La puerta mediría unos seis metros de altura y otros cuatro de anchura.
Entonces el pequeño Rey cruzó la impresionante puerta bajo la atenta vigilancia de la humanidad, la naturaleza y la divinidad.
PARTE CUARTA: EL CABALLERO GRIS.
Y sin previo saludo, como mandan los rígidos protocolos de los Caballeros, el soldado Gris cargó levantando su espada, y como estaba lejos Limbeldun tuvo tiempo-aunque a duras penas-de desenvainar la suya propia, así que cuando el caballero le intento golpear detuvo su ataque, y el Gris atacó dos veces más, y las dos las detuvo el diestro Soberano. Y entonces le llegó el turno a éste y descargó sus tres mejores estocadas contra su oponente, pero este las detuvo haciendo gala de una increíble destreza, y el de Gris volvió a atacar por tres veces y por tres veces el Rey detuvo su espada, y el Rey atacó y de nuevo su ataque no produjo frutos, y así intercambiaron las secuencias de golpes demostrando una habilidad que cualquier caballero envidiaría tener. Pero al final y sin dar tiempo a alguno de los combatientes a imponerse el Gris entregó una enorme llave a Limbeldun y desapareció tras un impresionante temblor de tierra.
Y el Rey, con la llave, se acercó a examinar de cerca la enorme puerta. Era de madera de cedro, barnizada, y tenía adornos de galgos carmesíes tallados en metales preciosos, mastines de oro puro y perros pastores de plata fina. Sus cuerpos y extremidades eran largos y caprichosos, y se entrelazaban entre sí formando exquisitos y fantasiosos murales. En el centro, sostenido por dos cíclopes de cobre y platino, cuyos ojos eran perlas, sostenían una enorme cerradura. Limbeldun introdujo la llave que el Caballero Gris le había entregado, y esta coincidía perfectamente con la cerradura de los Cíclopes. Limbeldun la atravesó y continuó su camino, por el angosto y pedregoso sendero.
Más tarde halló otra explanada idéntica a las dos anteriores, con una puerta parecida y con el caballero de Gris esperándolo, espada en mano y capa ondeando al viento, amén del insípido escudo gris, en medio del área.
Esta vez fue Limbeldun quien cargó, llevando su espada con las dos manos, y golpeó al de Gris con una estocada en punta. Y cuál sería la sorpresa del Rey cuando el de Gris imitó con una precisión milimétrica su ataque, viniendo así a encontrarse las dos espadas. Entonces el Rey, esperando apabullar a su oponente y privarle del tiempo necesario para reaccionar amagó con su espada y lanzó un impresionante golpe de abajo a arriba. Y de abajo a arriba fue detenido su golpe. Entonces lo hizo de arriba abajo, y de arriba abajo el de Gris paró su estocada. El desesperado soberano intentó desde el más elemental de los golpes hasta la finta más sofisticada, y todo lo imitaba su oponente. Entonces Limbeldun tuvo una idea. Envainó su espada (por supuesto, el de Gris hizo lo mismo) y comenzó a mirar alrededor. A la segunda pasada encontró lo que buscaba: el de Gris, aguardando tranquilamente en un borde de la explanada. Limbeldun no lo había visto porque su color era exactamente igual al de las rocas de la explanada. Entonces el Rey sacó su espada y apuntó con ella al lejano caballero. Entonces este hizo un gesto a Limbeldun para que decapitara al misterioso doble de sí mismo. Dubitativo Limbeldun levantó su espada (esta vez el Otro no lo imitó, sino que se puso de rodillas y agachó la cabeza, cosa que convenció a Limbeldun para decapitarlo) y bajó su arma. Y de nuevo la sorpresa del soberano fue grande, pues al rodar la cabeza del Otro por el suelo el yelmo se deslizó de ella, dejando al descubierto unas facciones nobles, gloriosas y jóvenes adornadas con unos bucles de pelo dorado. Entonces el cadáver y el Gris desaparecieron repentinamente y en su lugar quedó una llave idéntica a la anterior.
La puerta era parecida a la anterior; pero los adornos eran muchos animales muy diversos, desde vacas y ovejas a unicornios y dragones, contemplando como un muchacho de plata mataba con alguna clase de hueso de animal a otro de oro, bajo la vigilante mirada de dos ángeles que montaban uno en una luna y otro en un sol, que sostenían un enorme ojo con un rubí en le centro, rodeado de zafiros y con acabados en algún tipo de marfil. La puerta mediría unos seis metros de altura y otros cuatro de anchura.
Entonces el pequeño Rey cruzó la impresionante puerta bajo la atenta vigilancia de la humanidad, la naturaleza y la divinidad.
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viernes, 11 de julio de 2008
Tercera parte: el extraño de la barba Gris (preparaos, viene mucho gris!!)
No tengo tiempo a más; leed y puntuad.
Y en esta situación tan extraña estaba el monarca cuando los ejércitos de antiguos Valladar desaparecieron, dejando paso a una explanada de roca muerta. Y de repente un hombre alto, fuerte pero con la barba gris y canosa, empuñando una vara de madera y con una capa gris como su barba les saltó al paso, con la vara por delante, y la asustada cabalgadura del soberano se detuvo, con la intención de no arrollar al hombre. Limbeldun bajó del corcel y preguntó al hombre, que aguardaba en silencio apoyado en su vara, cuál era su nombre y cuáles eran sus ancestros. Y el hombre le dijo:
-Yo soy el Primero, el Hijo de Gunningan, el padre de la Roca, el Hijo de Gonnelga la mortal, por tanto hijo de la Roca, aquel que muere por preservar la Roca, aquel que sirve al Rey, protege al Caballero y ayuda al plebeyo, y aquel que torna al Rey, al Caballero y al Plebeyo cada una de las dos, pues yo soy Rey, pero también plebeyo, y soy a la par caballero, el Caballero de la Roca.
Entonces Limbeldun recordó a sus seguidores, los que dejó atrás antes de la Tormenta, y preguntó al hombre por ellos, y el Hombre le dijo:
-A ellos no les ocurrirá nada, a menos que ellos quieran que así les ocurra, pues cada roca ha de seguir el camino de las Rocas, y yo soy el que decide los caminos de la Roca.
Y entonces el Rey le dijo:
-Pues bien, Roca, Hijo de Gunningan y de Gonnelga, yo quiero salir y por ello te ruego que me indiques el camino de la Roca que he de seguir.
-Habrás pues de atravesar las tres puertas-dijo el hombre a la par que señalaba un pequeño y angosto camino.
El Rey le dio las gracias y se fue, pero el extraño le obligó antes a dejar su caballo allí.
Y no hubo avanzado demasiado el Rey Limbeldun cuando halló una explanado como la anterior con una puerta muy grande y brillante, pero entre él y la puerta había un caballero con la cara cubierta por un yelmo gris, y llevaba una espada gris, y un escudo gris también, y una coraza gris, y unas grebas grises también, y brazaletes grises y una larga capa gris, y todo era tan gris en él que no despertaba sentimiento alguno en hombre alguno”
Un Dew para todos.
Y en esta situación tan extraña estaba el monarca cuando los ejércitos de antiguos Valladar desaparecieron, dejando paso a una explanada de roca muerta. Y de repente un hombre alto, fuerte pero con la barba gris y canosa, empuñando una vara de madera y con una capa gris como su barba les saltó al paso, con la vara por delante, y la asustada cabalgadura del soberano se detuvo, con la intención de no arrollar al hombre. Limbeldun bajó del corcel y preguntó al hombre, que aguardaba en silencio apoyado en su vara, cuál era su nombre y cuáles eran sus ancestros. Y el hombre le dijo:
-Yo soy el Primero, el Hijo de Gunningan, el padre de la Roca, el Hijo de Gonnelga la mortal, por tanto hijo de la Roca, aquel que muere por preservar la Roca, aquel que sirve al Rey, protege al Caballero y ayuda al plebeyo, y aquel que torna al Rey, al Caballero y al Plebeyo cada una de las dos, pues yo soy Rey, pero también plebeyo, y soy a la par caballero, el Caballero de la Roca.
Entonces Limbeldun recordó a sus seguidores, los que dejó atrás antes de la Tormenta, y preguntó al hombre por ellos, y el Hombre le dijo:
-A ellos no les ocurrirá nada, a menos que ellos quieran que así les ocurra, pues cada roca ha de seguir el camino de las Rocas, y yo soy el que decide los caminos de la Roca.
Y entonces el Rey le dijo:
-Pues bien, Roca, Hijo de Gunningan y de Gonnelga, yo quiero salir y por ello te ruego que me indiques el camino de la Roca que he de seguir.
-Habrás pues de atravesar las tres puertas-dijo el hombre a la par que señalaba un pequeño y angosto camino.
El Rey le dio las gracias y se fue, pero el extraño le obligó antes a dejar su caballo allí.
Y no hubo avanzado demasiado el Rey Limbeldun cuando halló una explanado como la anterior con una puerta muy grande y brillante, pero entre él y la puerta había un caballero con la cara cubierta por un yelmo gris, y llevaba una espada gris, y un escudo gris también, y una coraza gris, y unas grebas grises también, y brazaletes grises y una larga capa gris, y todo era tan gris en él que no despertaba sentimiento alguno en hombre alguno”
Un Dew para todos.
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miércoles, 9 de julio de 2008
El Viaje Del Rey
No tengo tiempo para añadir aclaraciones; aquí va el tercero de la serie (bueno, el cuarto...)
“Cuando el buen Rey Limbeldun supo acerca de las nuevas sobre la llegada de los Beraquil a Turqugbar mandó llamar a los Hombres Valladar que estaban en la corte del Rey Kevlar a sus aposentos. Allí estaban muchos Valladar famosos cuyo nombre aún perdura en nuestras memorias y el eco de sus gloriosas aún mantiene a nuestros enemigos alejados de la Frontera de Vallocin. Había poderosos señores y magistrados como Bender el Sabio o Mundug el Magnánimo, había diplomáticos como Hunun el Hermoso, guerreros como Runun el Cuello de Toro, Guruc el Sabueso y Fínandall el certero y muchos más personajes importantes en la tierra del Oso de Oro. Una vez estuvieron todos reunidos en la habitación del Rey este les habló así:
-Como no tenemos tiempo para atravesar las Cuvec-dall, las montañas que nos separan de nuestra querida tierra-al decir eso hubo una gran excitación entre los Valladar de la peor ralea, los nacionalistas-, voy a tomar un séquito de más de catorce guerreros y menos de dieciséis y atravesaré a caballo el paso de Haptla.
Enseguida se formó gran revuelo entre los Valladar-menos los Republicanos-, ya que el paso de Haptla era el lugar más peligroso de entre Kantorhall y el Gran Mar, y muchos hombres temerarios hallaron la muerte entre su misteriosa niebla. Pero el Rey los mandó callar y volvió a hablar:
-Sé muy bien que el Paso ha causado la muerte de innumerables aventureros, caballeros, fugitivos, ermitaños, guerreros, comerciantes y viajeros, pero si sois capaces de abandonar a vuestro Rey en una situación de este peligro para su vida, con el fin de preservar la vuestra, ojalá que los dolores del parto os acosen cada vez que alguien os tache de hombres, para que en vuestra agonía recordéis que un día Yo, vuestro Rey, os etiqueté de lo contrario, y que sea esta estancia testigo de ello, ya que si os arrancaran una libra de carne de hombre pos cada libra de carne de mujer que haya en vuestro cuerpo pronto de vuestra huella en el mundo quedaría una roja mancha, y no los ecos de la gloria que todo Hombre, todo Valladar, tiene el deber de dejar en este traicionero y inhóspito mundo en que el Grande* nos ha mandado habitar.
Y amedrentados por la ira y la terrible maldición que el Rey les había lanzado los seguidores del Rey accedieron a acompañarlo, partiendo aquella misma noche hacia el incierto destino que les depararía aquel misterioso lugar.
Tras tres días de cabalgar sin cesar por la montaña los rocines del séquito de Limbeldun comenzaron a dar muestras de cansancio, pero el corcel del propio Rey, Lighnur, de la estirpe de Equinghar, de la más pura de las más puras entre las puras razas, seguía tan fresco como el primer día, de modo que el impetuoso monarca decidió adelantarse a sus seguidores mientras sus corceles descansaban.
Y aconteció que una vez hubo el Rey avanzado un trecho comenzó una terrible tormenta, pero no era una tormenta normal, pues eran las gotas de el color del oro más puro, contrastando con el gris del paisaje. Y la tormenta fue de mal en peor, y de peor en catastrófico, y de catastrófico a legendario, y de legendario a divino, pues caía ya nieve, y hielo, pero ambos eran rubíes y zafiros, y caían rayos, y estos eran de plata. Y uno de ellos vino a caer junto al corcel del Rey, y el corcel se asustó, y comenzó a correr, y corría como nunca alguno de su raza, un primo, un primo de un primo de su raza o un primo de un primo de un primo de un primo de su raza hubo corrido jamás, e incluso el Soberano, que era un avezado jinete podía detenerlo, y el paisaje desfilaba a velocidades increíbles, y al Rey le pareció ver huestes enteras de Valladares famosos, muertos ya, y otros soldados de Vallocin fallecidos que le miraban con asombro o le saludaban y le pedían que bajase y tomase algo con ellos, porque tenía cara de hambriento y cansado, e incluso reconoció a su padre, al padre de su padre, al padre del padre de su padre, al padre del padre del padre de su padre, al padre del padre del padre del padre de su padre, y a sus tíos, y a sus tíos abuelos, y a sus tataratíos abuelos, y a sus tetratíos abuelos, y a sus padres y a los padres de sus padres, y a los padres de los padres de sus padres, pues a todos ellos los había visto retratados en los cuadros y frescos del Palacio Real de Vallocin”
Un saludo.
“Cuando el buen Rey Limbeldun supo acerca de las nuevas sobre la llegada de los Beraquil a Turqugbar mandó llamar a los Hombres Valladar que estaban en la corte del Rey Kevlar a sus aposentos. Allí estaban muchos Valladar famosos cuyo nombre aún perdura en nuestras memorias y el eco de sus gloriosas aún mantiene a nuestros enemigos alejados de la Frontera de Vallocin. Había poderosos señores y magistrados como Bender el Sabio o Mundug el Magnánimo, había diplomáticos como Hunun el Hermoso, guerreros como Runun el Cuello de Toro, Guruc el Sabueso y Fínandall el certero y muchos más personajes importantes en la tierra del Oso de Oro. Una vez estuvieron todos reunidos en la habitación del Rey este les habló así:
-Como no tenemos tiempo para atravesar las Cuvec-dall, las montañas que nos separan de nuestra querida tierra-al decir eso hubo una gran excitación entre los Valladar de la peor ralea, los nacionalistas-, voy a tomar un séquito de más de catorce guerreros y menos de dieciséis y atravesaré a caballo el paso de Haptla.
Enseguida se formó gran revuelo entre los Valladar-menos los Republicanos-, ya que el paso de Haptla era el lugar más peligroso de entre Kantorhall y el Gran Mar, y muchos hombres temerarios hallaron la muerte entre su misteriosa niebla. Pero el Rey los mandó callar y volvió a hablar:
-Sé muy bien que el Paso ha causado la muerte de innumerables aventureros, caballeros, fugitivos, ermitaños, guerreros, comerciantes y viajeros, pero si sois capaces de abandonar a vuestro Rey en una situación de este peligro para su vida, con el fin de preservar la vuestra, ojalá que los dolores del parto os acosen cada vez que alguien os tache de hombres, para que en vuestra agonía recordéis que un día Yo, vuestro Rey, os etiqueté de lo contrario, y que sea esta estancia testigo de ello, ya que si os arrancaran una libra de carne de hombre pos cada libra de carne de mujer que haya en vuestro cuerpo pronto de vuestra huella en el mundo quedaría una roja mancha, y no los ecos de la gloria que todo Hombre, todo Valladar, tiene el deber de dejar en este traicionero y inhóspito mundo en que el Grande* nos ha mandado habitar.
Y amedrentados por la ira y la terrible maldición que el Rey les había lanzado los seguidores del Rey accedieron a acompañarlo, partiendo aquella misma noche hacia el incierto destino que les depararía aquel misterioso lugar.
Tras tres días de cabalgar sin cesar por la montaña los rocines del séquito de Limbeldun comenzaron a dar muestras de cansancio, pero el corcel del propio Rey, Lighnur, de la estirpe de Equinghar, de la más pura de las más puras entre las puras razas, seguía tan fresco como el primer día, de modo que el impetuoso monarca decidió adelantarse a sus seguidores mientras sus corceles descansaban.
Y aconteció que una vez hubo el Rey avanzado un trecho comenzó una terrible tormenta, pero no era una tormenta normal, pues eran las gotas de el color del oro más puro, contrastando con el gris del paisaje. Y la tormenta fue de mal en peor, y de peor en catastrófico, y de catastrófico a legendario, y de legendario a divino, pues caía ya nieve, y hielo, pero ambos eran rubíes y zafiros, y caían rayos, y estos eran de plata. Y uno de ellos vino a caer junto al corcel del Rey, y el corcel se asustó, y comenzó a correr, y corría como nunca alguno de su raza, un primo, un primo de un primo de su raza o un primo de un primo de un primo de un primo de su raza hubo corrido jamás, e incluso el Soberano, que era un avezado jinete podía detenerlo, y el paisaje desfilaba a velocidades increíbles, y al Rey le pareció ver huestes enteras de Valladares famosos, muertos ya, y otros soldados de Vallocin fallecidos que le miraban con asombro o le saludaban y le pedían que bajase y tomase algo con ellos, porque tenía cara de hambriento y cansado, e incluso reconoció a su padre, al padre de su padre, al padre del padre de su padre, al padre del padre del padre de su padre, al padre del padre del padre del padre de su padre, y a sus tíos, y a sus tíos abuelos, y a sus tataratíos abuelos, y a sus tetratíos abuelos, y a sus padres y a los padres de sus padres, y a los padres de los padres de sus padres, pues a todos ellos los había visto retratados en los cuadros y frescos del Palacio Real de Vallocin”
Un saludo.
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jueves, 3 de julio de 2008
2: La batalla de la Llanura Blanca
Segunda Parte de la Guerra Turqugbar-Beraquil.
“Una vez todos los Señores se hubieron reunido finalmente con el Rey en la Llanura Blanca acamparon para esperar al último Ronhadar, el más poderoso y belicoso de todos.
Se llamaba Dunguvber y dirigía el feudo de Gónarionhar. Había salvado a la Liga de Defensores en las dos ocasiones anteriores en que había sido convocado. Sus caballeros eran silenciosos, rápidos, resistentes, fuertes, ágiles y valientes, o mejor dicho, confiados. Desde pequeños los niños Gónarion eran entrenados en el arte de la guerra, pero desde que Dunguvber tomó el poder más bien eran entrenados en el Arte de Matar y no dudaban ni un segundo en acabar fríamente con la existencia de un pobre hombre. Tristemente, habían pasado de se paladines del bien a ser verdugos vengativos. Habían pasado de ser sabios jueces a ser crueles ejecutores. Pero eso no los excluía de ser los mejores guerreros de Turqugbar ni borraba de su historial el haber librado de sus enemigos al Reino una y otra vez.
Los Defensores estuvieron esperando tres días, a lo largo de los cuales la impaciencia de los guerreros y sus capitanes se iba acrecentando. Al tercer día la comida comenzó a escasear en el estéril páramo, rodeado de montañas arcillosas y con el ardiente sol brillando sobre las cabezas de los guerreros y empapando sus brillantes corazas con su propio sudor. A media tarde sobre un montículo rocoso del sur de la llanura uno de los centinelas avistó un destello color azabache metálico. Enseguida el ejército se formó, preparándose para recibir a sus aliados Gónarion. Pero conforme los soldados, cubiertos con armaduras azabaches pero con el inconfundible emblema de Dunguver en sus escudos y estandartes se fueron acercando, los soldados de Turqugbar fueron advirtiendo que además de haber pintado de negro sus armaduras los Gónarion habían dibujado tres rayas color rojo sangre en cada uno de sus antiguos emblemas, así como en sus armaduras. La sorpresa fue mayor cuando tras los siniestros guerreros fueron apareciendo miles de soldados bárbaros, con medio cuerpo desnudo y rudimentarias armas y escudos: los Beraquil.
Antes de que los Defensores se recuperaran de su sorpresa los Gónarion formaron en silencio y quedaron inmóviles, mientras con un salvaje griterío los Beraquil cargaban contra las sorprendidas filas de los Turqugbares.
Los primeros diez minutos* fueron una verdadera carnicería por ambas partes. Nadie podía decir que oía su propia respiración, sus pasos o el ruido de sus armas, porque entre los gritos de agonía de los moribundos y los salvajes aullidos de los Beraquil hasta las montañas admitirían que aquel día temblaron de miedo. Después de un cuarto de hora* los Equidnar, que no habían formado junto a los demás debido a sus monturas, se abrieron paso entre los combatientes e hicieron huir en desbandada a los Beraquil, aunque nadie se atrevió a afirmar que tenían mostraran alguna señal de miedo en su retirada. Una vez la masa humana de Beraquil se hubo retirado no había rastro de los Gónadar. Entonces los Turqugbar abandonaron la sangrienta llanura, que a partir de entonces se llamó la Llanura Negra. Los Defensores, ya diezmados, se encaminaron a la Capital de el Ágaron: la ciudad de Linvhadgar. Era una impresionante ciudadela blanca con una muralla de veinticinco metros de altura.
Sin embargo cuando los Defensores llegaron se encontraron la segunda y desesperante sorpresa: los Gónarion y Beraquil habían tomado la ciudadela.
Tres veces intentaron los Defensores alcanzar las almenas y tres veces fallaron en sus esfuerzos. Cuatrocientos cincuenta soldados fueron aniquilados, y otros cincuenta murieron de hambre o enfermedades, eso sólo la primera semana de sitio (…)”
Aclaraciones:
*: La cifra la he estimado; ninguna crónica Valladar hace referencia a medidas de tiempo.
Y hasta aquí la primera parte de la guerra Turqugbar-Beraquil, el siguiente relato será de aventuras (he pasado estilo Barroco y Épico) y el protagonista será Limbeldun, el Legendario Rey de los Valladar…
¡Un Saludo!
“Una vez todos los Señores se hubieron reunido finalmente con el Rey en la Llanura Blanca acamparon para esperar al último Ronhadar, el más poderoso y belicoso de todos.
Se llamaba Dunguvber y dirigía el feudo de Gónarionhar. Había salvado a la Liga de Defensores en las dos ocasiones anteriores en que había sido convocado. Sus caballeros eran silenciosos, rápidos, resistentes, fuertes, ágiles y valientes, o mejor dicho, confiados. Desde pequeños los niños Gónarion eran entrenados en el arte de la guerra, pero desde que Dunguvber tomó el poder más bien eran entrenados en el Arte de Matar y no dudaban ni un segundo en acabar fríamente con la existencia de un pobre hombre. Tristemente, habían pasado de se paladines del bien a ser verdugos vengativos. Habían pasado de ser sabios jueces a ser crueles ejecutores. Pero eso no los excluía de ser los mejores guerreros de Turqugbar ni borraba de su historial el haber librado de sus enemigos al Reino una y otra vez.
Los Defensores estuvieron esperando tres días, a lo largo de los cuales la impaciencia de los guerreros y sus capitanes se iba acrecentando. Al tercer día la comida comenzó a escasear en el estéril páramo, rodeado de montañas arcillosas y con el ardiente sol brillando sobre las cabezas de los guerreros y empapando sus brillantes corazas con su propio sudor. A media tarde sobre un montículo rocoso del sur de la llanura uno de los centinelas avistó un destello color azabache metálico. Enseguida el ejército se formó, preparándose para recibir a sus aliados Gónarion. Pero conforme los soldados, cubiertos con armaduras azabaches pero con el inconfundible emblema de Dunguver en sus escudos y estandartes se fueron acercando, los soldados de Turqugbar fueron advirtiendo que además de haber pintado de negro sus armaduras los Gónarion habían dibujado tres rayas color rojo sangre en cada uno de sus antiguos emblemas, así como en sus armaduras. La sorpresa fue mayor cuando tras los siniestros guerreros fueron apareciendo miles de soldados bárbaros, con medio cuerpo desnudo y rudimentarias armas y escudos: los Beraquil.
Antes de que los Defensores se recuperaran de su sorpresa los Gónarion formaron en silencio y quedaron inmóviles, mientras con un salvaje griterío los Beraquil cargaban contra las sorprendidas filas de los Turqugbares.
Los primeros diez minutos* fueron una verdadera carnicería por ambas partes. Nadie podía decir que oía su propia respiración, sus pasos o el ruido de sus armas, porque entre los gritos de agonía de los moribundos y los salvajes aullidos de los Beraquil hasta las montañas admitirían que aquel día temblaron de miedo. Después de un cuarto de hora* los Equidnar, que no habían formado junto a los demás debido a sus monturas, se abrieron paso entre los combatientes e hicieron huir en desbandada a los Beraquil, aunque nadie se atrevió a afirmar que tenían mostraran alguna señal de miedo en su retirada. Una vez la masa humana de Beraquil se hubo retirado no había rastro de los Gónadar. Entonces los Turqugbar abandonaron la sangrienta llanura, que a partir de entonces se llamó la Llanura Negra. Los Defensores, ya diezmados, se encaminaron a la Capital de el Ágaron: la ciudad de Linvhadgar. Era una impresionante ciudadela blanca con una muralla de veinticinco metros de altura.
Sin embargo cuando los Defensores llegaron se encontraron la segunda y desesperante sorpresa: los Gónarion y Beraquil habían tomado la ciudadela.
Tres veces intentaron los Defensores alcanzar las almenas y tres veces fallaron en sus esfuerzos. Cuatrocientos cincuenta soldados fueron aniquilados, y otros cincuenta murieron de hambre o enfermedades, eso sólo la primera semana de sitio (…)”
Aclaraciones:
*: La cifra la he estimado; ninguna crónica Valladar hace referencia a medidas de tiempo.
Y hasta aquí la primera parte de la guerra Turqugbar-Beraquil, el siguiente relato será de aventuras (he pasado estilo Barroco y Épico) y el protagonista será Limbeldun, el Legendario Rey de los Valladar…
¡Un Saludo!
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