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viernes, 25 de julio de 2008

Cuarta parte (creo...)

Si en contráis errores es porque no tengo tiempo de corregir...

PARTE CUARTA: EL CABALLERO GRIS.

Y sin previo saludo, como mandan los rígidos protocolos de los Caballeros, el soldado Gris cargó levantando su espada, y como estaba lejos Limbeldun tuvo tiempo-aunque a duras penas-de desenvainar la suya propia, así que cuando el caballero le intento golpear detuvo su ataque, y el Gris atacó dos veces más, y las dos las detuvo el diestro Soberano. Y entonces le llegó el turno a éste y descargó sus tres mejores estocadas contra su oponente, pero este las detuvo haciendo gala de una increíble destreza, y el de Gris volvió a atacar por tres veces y por tres veces el Rey detuvo su espada, y el Rey atacó y de nuevo su ataque no produjo frutos, y así intercambiaron las secuencias de golpes demostrando una habilidad que cualquier caballero envidiaría tener. Pero al final y sin dar tiempo a alguno de los combatientes a imponerse el Gris entregó una enorme llave a Limbeldun y desapareció tras un impresionante temblor de tierra.
Y el Rey, con la llave, se acercó a examinar de cerca la enorme puerta. Era de madera de cedro, barnizada, y tenía adornos de galgos carmesíes tallados en metales preciosos, mastines de oro puro y perros pastores de plata fina. Sus cuerpos y extremidades eran largos y caprichosos, y se entrelazaban entre sí formando exquisitos y fantasiosos murales. En el centro, sostenido por dos cíclopes de cobre y platino, cuyos ojos eran perlas, sostenían una enorme cerradura. Limbeldun introdujo la llave que el Caballero Gris le había entregado, y esta coincidía perfectamente con la cerradura de los Cíclopes. Limbeldun la atravesó y continuó su camino, por el angosto y pedregoso sendero.
Más tarde halló otra explanada idéntica a las dos anteriores, con una puerta parecida y con el caballero de Gris esperándolo, espada en mano y capa ondeando al viento, amén del insípido escudo gris, en medio del área.
Esta vez fue Limbeldun quien cargó, llevando su espada con las dos manos, y golpeó al de Gris con una estocada en punta. Y cuál sería la sorpresa del Rey cuando el de Gris imitó con una precisión milimétrica su ataque, viniendo así a encontrarse las dos espadas. Entonces el Rey, esperando apabullar a su oponente y privarle del tiempo necesario para reaccionar amagó con su espada y lanzó un impresionante golpe de abajo a arriba. Y de abajo a arriba fue detenido su golpe. Entonces lo hizo de arriba abajo, y de arriba abajo el de Gris paró su estocada. El desesperado soberano intentó desde el más elemental de los golpes hasta la finta más sofisticada, y todo lo imitaba su oponente. Entonces Limbeldun tuvo una idea. Envainó su espada (por supuesto, el de Gris hizo lo mismo) y comenzó a mirar alrededor. A la segunda pasada encontró lo que buscaba: el de Gris, aguardando tranquilamente en un borde de la explanada. Limbeldun no lo había visto porque su color era exactamente igual al de las rocas de la explanada. Entonces el Rey sacó su espada y apuntó con ella al lejano caballero. Entonces este hizo un gesto a Limbeldun para que decapitara al misterioso doble de sí mismo. Dubitativo Limbeldun levantó su espada (esta vez el Otro no lo imitó, sino que se puso de rodillas y agachó la cabeza, cosa que convenció a Limbeldun para decapitarlo) y bajó su arma. Y de nuevo la sorpresa del soberano fue grande, pues al rodar la cabeza del Otro por el suelo el yelmo se deslizó de ella, dejando al descubierto unas facciones nobles, gloriosas y jóvenes adornadas con unos bucles de pelo dorado. Entonces el cadáver y el Gris desaparecieron repentinamente y en su lugar quedó una llave idéntica a la anterior.
La puerta era parecida a la anterior; pero los adornos eran muchos animales muy diversos, desde vacas y ovejas a unicornios y dragones, contemplando como un muchacho de plata mataba con alguna clase de hueso de animal a otro de oro, bajo la vigilante mirada de dos ángeles que montaban uno en una luna y otro en un sol, que sostenían un enorme ojo con un rubí en le centro, rodeado de zafiros y con acabados en algún tipo de marfil. La puerta mediría unos seis metros de altura y otros cuatro de anchura.
Entonces el pequeño Rey cruzó la impresionante puerta bajo la atenta vigilancia de la humanidad, la naturaleza y la divinidad.

4 comentarios:

Unknown dijo...

Va muy bien... espero que los vayas juntando todos en un solo documento, para poder leerlo de seguido...

Unknown dijo...

Por cierto, que tengas un buen día, y felicita a tu hermano. Algún día de estos espero que escribas...

El Dinosaurio dijo...

Oye que no tengo ni pasta ni teimpo que perder en un ciber!!!! Bueno en realidad si, que pavo soy, y además si te escribí...

Unknown dijo...

¡Qué alegría, sigues vivo!

...pasos de la evolución...